domingo, 19 de noviembre de 2017

Michel Polnareff: Love me please love me

Año de publicación: 1967
Valoración: Casi imprescindible

Ya he comentado en alguna reseña de “Un libro al día” que el mítico programa de Radio 3 “Flor de pasión”, presentado por el no menos legendario Juan de Pablos, ha sido parte fundamental de mi educación sentimental. Así que a este EP de Polnareff, como a tantos otros discos y artistas franceses de la época, también llegue gracias a aquellas madrugadas "florapasionadas" de mediados de los 90.

Pero vayamos con Michel Polnareff. Nacido en 1944, de padre ruso y madre francesa, y con un aspecto de lo más llamativo (en la época del “Love me please love me” lucía una melena rubia al estilo del príncipe de Beukelaer), gozó de una enorme popularidad a mediados de los 60 gracias  a un primer disco en el que se podían escuchar maravillas como  “Love me please love” o “La poupée qui fait non”. Por desgracia para él, aquel éxito no volvió a repetirse, al menos a ese nivel, pese a seguir en activo hasta la actualidad.

En cuanto al EP que nos ocupa, que pude encontrar un domingo por la mañana del siglo pasado en la Plaza Nueva de Bilbao, consta de tres canciones.

En la cara A está la canción que le dio su mayor éxito: “Love me please love me”. Y no me extraña porque es una verdadera joya.  Los primeros veinte segundos de la canción dan el tono de la misma. Una introducción al piano por el propio Polnareff, gran pianista y mejor compositor, que da paso a una preciosa melodía, romántica hasta la extenuación, acompañada de unos exuberantes arreglos cortesía de Charles Blackwell y de la excelente voz de un Polnareff absolutamente desatado, especialmente cuando canta “Love me, please, love me. Je suis fou de vous…”

Abriendo la cara B nos encontramos con otro tema de corte romántico: “L’amour avec toi”. Pese a compartir tono sentimental con “Love me please love me”, se trata de un tema con mucho más POP ( más directo, menos sobrecargado) y con una letra mucho más explícita que el anterior. De hecho, frases como esta le trajeron al bueno de Polnareff serios problemas con la censura:

Il est des mots qu'on peut penser
Mais à pas dire en société
Moi je me fous de la société
Et de sa prétendue moralité
J'aim'rais simplement faire l'amour avec toi

Más allá del aspecto reivindicativo de la canción, se trata de un tema precioso que podría haber sido cara A de cualquier otro disco.

Cierra el disco “Ne me marchez pas sur les pieds”, un tema mucho más “rocanrolero” que los dos anteriores, mucho más acelerado, pero a años luz de las dos joyas anteriores. Es por culpa de este tema que la valoración del disco se queda en un “Casi imprescindible". 

En cualquier caso, variadísimo y precioso EP que lanzó merecidamente al estrellato a un gran cantante y compositor que tuvo la mala suerte de compartir generación con Gainsbourg, Johnny Hallyday, Fracoise Hardy o Sylvie Vartan, entre otros.

domingo, 12 de noviembre de 2017

DJ Kicks: Kruder & Dorfmeister


Año de publicación: 1996
Valoración: imprescindible

Ni un disco grande en toda una carrera, apenas un par de EPs que tampoco es que tuvieran gran repercusión (aunque puede que sean tratados como material de culto por no más de un par de miles de pirados), cuyos temas fueron profusamente prestados para inclusión en algunas de las centenas de recopilaciones que bajo multitud de etiquetas (trip-hop, chill out, downtempo, relaxing mood...) que se vendían como rosquillas en ese mundo que no sabríamos decir si fue pre-Napster o pre-Emule o pre-cómo-narices-se-llame-lo-próximo-que-permita-escuchar-música-gratis. 

El caso es que Kruder & Dorfmeister, dúo de  músicos austríacos con cierta querencia a tomar préstamos estéticos de otro dúo célebre (Simon & Garfunkel), tuvieron un momento álgido en que la gente (no solamente de la escena electrónica: añadan a Madonna, por ejemplo) quería contar con su toque, impregnar la música de su sonido a través de remezclas. La cuestión es que en esa época de tránsito entre eclosión de escenas electrónicas y su comprensible bajón, su sonido se convirtíó en omnipresente y pasó a infectar e influir y lo hizo a través de sus discos recopilatorios, de sus colecciones de remezclas, su fugaz efecto reivindicativo sobre una escena de Viena y muchos efectos colaterales cuyo efluvio, aunque lejano, puede que aún permanezca..
Este disco es un ejemplo. La serie DJ Kicks había empezado convocando a la escena de Detroit (Carl Craig, Stacey Pullen) para aportar sonidos duros en discos que más bien se acercaban a pináculos de sesiones nocturnas de club. Pero se había adaptado al entorno y otros músicos ya habían entregado selecciones mucho más asequibles técnicamente debido a los agradecidos BPM de los sonidos calmados, y lo que empezaba a ser una marca de la casa, rendidas al eclecticismo.
Kruder & Dorfmeister optaron por sonidos contemporáneos, por músicos poco conocidos, por temas oscuros, y así DJ Kicks empieza con aires trip-hop con un comedido uso del sampleado y siempre respetando dos premisas: unas impecables transiciones y una tonalidad general poco dada al estrépito. Incluso cuando la selección vira hacia el drum'n'bass lo hace de una manera graduada y evitando salidas de tono. A pesar del poco material propio incluido, su personalidad como selectores queda puesta de manifiesto y los aires dub sobrevuelan por doquier, incluso cuando hacia el final del disco se introducen sonidos más cinemáticos, dejando el listón muy alto para toda la extensa pléyade de impostores que pensaron que poner música tranquila e instalar cuatro sofás de color claro era suficiente para demostrar que se pillaba el concepto. Cuando no.

Podéis oír la sesión íntegra con toda la secuencia aquí.

domingo, 5 de noviembre de 2017

Depeche Mode: Music for the Masses


Año de publicación: 1987
Valoración: casi imprescindible

Cuando, allá por 1982, aproveché el tiempo de un recreo en el instituto para acercarme a Star Records (tienda de vida breve pero intensa situada en pleno centro de Barcelona) para hacerme con Speak and Spell, bisoño debut del grupo de Basildon, Depeche Mode estaban siendo erróneamente etiquetados dentro del fugaz movimiento new-romantic. Al igual que Japan o que Soft Cell, incluso que Gary Numan, cualquiera que usase los sintetizadores como base para su música debía pagar ese peaje y esperar que el futuro se encargara de desdeñar oportunistas y dejar avanzar aquellos cuyo talento estuviera por encima de modas y tendencias más ancladas en lo estético que en lo artísticamente persistente.

Y pasaron esos años tan necesarios. Y subsistieron al abandono de Vince Clarke, figura central del primer disco y compositor de obvia facilidad melódica, y continuaron adelante abrazando ahora el sonido más industrial (influencia de lo que parecía una necesaria estancia en Berlín de cualquier estrella rock que se preciase), con desviaciones de aires más bucólicos, con una oscuridad sonora que parecía ser fiel reflejo de las agitadas y convulsas existencias de sus miembros, de las turbulencias propias de los rápidos ascensos a la fama. De ser un combo de post adolescentes petardos haciendo synth-pop con el pelo atiborrado de laca y tintes baratos a alcanzar los altares del Olimpo pop, un pop que se acercaba a la electrónica a la vez que los miembros del grupo perdían el miedo a agarrar mástiles de guitarra, y se ataviaban con bodies de cuero y jugaban a la ambigüedad en su imagen mientras su música se expandía e hipnotizaba no solo a Europa sino también a los Estados Unidos.

Music for the Masses, premonitorio título, es uno de sus hitos culminantes, un puente entre la oscuridad de Black Celebration y la explosión iridiscente de Violator. Un disco aún basado íntegramente en los sintetizadores, por supuesto, pero inexplicablemente (para un grupo que ya había publicado un producto típico de bandas decadentes: un recopilatorio de singles) cuajado de momentos magníficos que se concentran sobre todo en su primera parte (primera cara: cuando se publicó el soporte vinilo aún era importante) donde asistimos a una despampanante secuencia de canciones que anuncia un disco optimista y decidido. Never let me down again , con su vídeo en grano duro obra de Anton Corbijn y con su ritmo a la vez chispeante y trotón y su irresistible puente en dos fases se convierte en un clásico inmediato. The things you said ralentiza y recupera, entre juegos vocales, los nostálgicos aires centroeuropeos que teñían Black Celebration dando paso a Strange love, otro single saltarín, creciente, maduro, o más adelante, Behind the wheel, síntoma de evolución, o Sacred, regreso otra vez a las sonoridades evocadoras de los Kraftwerk de Trans Europe Express. El disco da para baladas apocalíptica como Little 15 o incluso para una despedida algo pretenciosa con la instrumental Pimpf.
Pero es, por encima de todo, el disco de una banda consolidada. Sexto disco en estudio de un grupo que está a un paso del dominio global que se concreta con 101. Ingleses con sintetizadores que despojan su imagen de parte de su ambigüedad inicial. Ahora (entonces) llevan el pelo algo más largo, usan chaquetas de cuero y se tatúan (y padecen de adicciones y de existencias tormentosas). Es 1987 y están muy cerca de tenerlo todo, pero la fama aún no ha obrado su terrorífico efecto anulador del talento (no me hagáis hablar). Grandioso disco, clave en uno de esos cambios sutiles que cuesta detectar: la aceptación de la electrónica en claves antaño reservadas en exclusiva al rock más cazurro: los estadios abarrotados por multitudes, los decibelios, el jadeo.

domingo, 29 de octubre de 2017

New Order: Republic


Año de publicación: 1993
Valoración: muy recomendable

Daño colateral (uno de tantos) de la apropiación por el capitalismo de los iconos de la cultura. Camiseta en Eurodisney - París (si se llama aún así) con la silueta de Mickey Mouse ayudándose del mismo grafismo (deudo a su vez de cierta estética oriental) que adornaba la portada de Unknown Pleasures, celebérrimo disco de debut de Joy Division. Sí, la de las tenues líneas blancas sobre fondo negro que van dibujando una especie de elevación en el terreno, con una perspectiva y simplicidad tosca a la par que fascinante.
Para bien o para mal, New Order hubieron de arrastrar para siempre el estigma de ser el grupo que, incluido cambio de nombre, prolongaba la carrera de Joy Division tras el suicidio de Ian Curtis. No voy a explicar más el tema. Uno de esos célebres hechos siniestros de la historia de la música que acarrean todas esas consecuencias. Culpad a la mercadotecnia o culpad a lo que sea de que haya tanta gente con esas camisetas puestas sin ser capaces de reconocer ni una canción del grupo. El grupo siniestro del tipo ese que se colgó en su cas tras ver Woyzeck. 
Republic es el último gran disco de New Order. Un disco marcado por varios aspectos. Primero, la difícil papeleta de representar el siguiente paso tras Technique, auténtico paso adelante en la complicada tarea de desembarazarse de la estampa de grupo con tendencias siniestras. Después, ser e primero publicado tras el colapso de Factory, sello discográfico y aglutinador de la filosofía del grupo y de la época (tan bien retratada en la película 24 hour party people). 
Se trata de un disco optimista: ya esa doble imagen en portada y su propio título apuntan otro tipo de mensajes, en medio de la Inglaterra del post-thatcherismo y de la todavía vivaz oleada de las corrientes electrónicas. Siempre me ha extrañado que no sea mencionado a menudo como una de las cumbres de su carrera. Parece que no se les perdonaba cierta tendencia al hedonismo, a alejarse del pesimismo del pasado y a disfrutar. Supongo que su masa de seguidores acérrimos no les perdonó titubeos con la frivolidad como usar estética y figurantes de Baywatch para la promoción de la contagiosa Regret, single de presentación del disco, primera canción del LP y ligero escoramiento hacia sonoridades más pop. New Order en las playas de California. Menudo shock. Pero el disco no regresa a ese sonido más que en momentos puntuales. El bajo de Peter Hook pierde protagonismo y el disco toma una onda expansiva, más orientada a los ritmos programados y a las melodías vocales. Incluso se permiten la introducción de coros femeninos, en World (The price of love), otro de los singles extraídos del disco (su nueva discográfica quiso aprovechar el tirón de prestigio y exprimió el disco a conciencia). Pero, en general, se trata de un disco con melodías y sonido reconocibles, aspecto en el que tuvo que incidir la presencia de Stephen Hague, en aquel momento productor de moda en UK (Erasure, Pet Shop Boys) y con un particular toque para los sonidos electrónicos. Republic suena a veces como la colección de hits que New Order evitó hacer en sus discos anteriores, donde siempre sus temas célebres (Blue Monday, State of the Nation) habían quedado excluidos de ser integrados en LPs. De hecho, Spooky, una de las cumbres de Republic, guarda no pocas semejanzas estructurales (el decidido fraseo de arranque) con uno de sus mayores hits, la irresistible y dinámica True Faith, canción que puede considerarse precedente necesario de lo contenido en Republic.
También supieron, obvio, sintonizar con el efervescente momento de la música en el tiempo en que se publicó. Es imposible no reconocer la frescura hedonista y efímera de grupos como The Shamen o The Beloved tras canciones como Young Offender o la extraordinaria (y poco conocida) Everyone everywhere, esta sí una canción tiznada de la melancolía que quizás sus seguidores echaron en falta aquí. Y que hace de éste un disco incomprendido, al que siguieron, y las luchas interiores que asolaron el grupo debieron tener que ver lo suyo, discos progresivamente más anónimos y vulgares. Con lo que los seguidores, desde entonces, tuvimos que conformarnos con las revisiones de su época dorada.

domingo, 22 de octubre de 2017

Dionne Warwick: Dionne Warwick sings the Bacharach & David Songbook


Año de publicación: varios, entre los 60 y los 70

Valoración: imprescindible

No hace falta ser el yonkie del vinilo que aparece en la portada de Endtroducing... de DJ Shadow. Hace años, y a raíz de la terrible devastación que las descargas ocasionaron entre las tiendas de discos, uno solamente había de estar atento para hacerse con maravillas por cantidades absolutamente ridículas. Incluso aunque éstas ya fueran ediciones de fondo de catálogo con cierta angustiosa elusión de los principios mercantiles más básicos a la hora de ofrecer un producto. Y si respetable es la intención de un artista a la hora de concebir un disco en su integridad, no veo el sentido de criticar otras labores (la de los sellos subsidiarios especializados en empaquetar recopilatorios incluyendo rarezas o combinaciones inverosímiles, como Rhino o Carrousel). Hastiado de discos "Best of" ofreciendo más de lo mismo con algún tema adicional presentado como el gran gancho, no es de extrañar que el gran público se cansara de discográficas que actuaban con políticas de estragos paralelas a los programadores de las tragaperras.
Así que mis respetos hacia iniciativas como este disco, una es-pec-ta-cu-lar colección de todas las interpretaciones que Dionne Warwick hizo de canciones (algunas de ellas compuestas ex-profeso) de Burt Bacharach y Hal David, dueto compositivo a la altura de cualquiera, aunque perjudicados por esa eclosión en un lugar y una etapa indefinidos (demasiado clásicos para encajar en el universo del rock, demasiado populares para encajar en cánones más solemnes), pero, y no hay que dejar de reivindicarlo, productores en cadena de melodías de esas que parecen haber estado siempre allí.
Vendrían a ser coetáneos a grandes hitos de la cultura contemporánea. El Hollywood  de Billy Wilder que ya ha dejado atrás la Guerra Mundial y anda metido en la Guerra Fría. La Europa del Swinging London y un existencialismo que parece ser su contrapeso. Una serie de referentes demasiado heterogéneos entre los que esas delicadas a la vez que efectivas y pegadizas melodías se abrían paso con discreción. Como temerosas de situarse en un primer plano que, vistas en su conjunto, resultaría mucho más que merecido.
Por suerte, y gracias a las espléndidas interpretaciones de Warwick, cantante de color pero poco escorada a los excesos vocales del soul, comedida, de dicción elegante y precisa, todos esos clásicos reciben periódicamente sus revisitaciones y son tratados con toda la grandeza que merecen, con toda la reciprocidad que sus infecciosos detalles han dejado impregnada en quienes los han escuchado, incluso de forma involuntaria. No exagero. Que levante la mano todo aquel al que, disponiendo de un bagaje musical mínimo, no le son familiares (por los cauces que sea: publicidad, versiones, karaokes, inclusión en películas) algunas de las siguientes melodías: Say a little prayer, Do you know the way to San José (versioneada por Frankie Goes To Hollywood), Never fall in love again (por Elvis Costello)... y este disco contiene más de veinte de esas perlas, incluyendo melodías algo menos conocidas como Look of Love, Anyone who had a heart o la extraordinaria Walk on by, cuyo ritmo de piano percusivo sería homenajeado por ELO en It's over. Canciones de aires románticos y universales,  con arreglos de cuerda (el propio equipo compositivo se encarga de la producción), con la introducción de las trompetas marca de la casa, con estructuras más cercanas al pop que a la sempiterna canción melódica, todas ellas clásicos sin pretensiones de serlo, alcanzando como sin querer un aire de sofisticación y globalidad que no me cansaré de reivindicar.

domingo, 15 de octubre de 2017

The Smiths: Hatful of Hollow

Año de publicación: 1984
Valoración: Imprescindible


Brevísima introducción: en 1984 cuatro chicos de Manchester, aunque todos ellos de origen irlandés, forman una banda con un sonido que pronto resultará inconfundible. Formato tradicional de voz, guitarra, bajo y batería. Tres de ellos son buenos músicos, en especial Johnny Marr, un genio de la guitarra. El cuarto es un tipo extraño con el que a nadie resulta fácil encajar, es el cantante y letrista y se llama Morrissey. En el legendario sello Rough Trade graban un primer disco llamado como ellos, 'The Smiths'. Es un gran disco, donde se dejan ver cosas importantes, pero la producción es tan mala que echa a perder la mayoría de los temas.

Cuando ya han adquirido cierto nombre dando bolos, Morrissey, todavía enfurecido por el fiasco de su primer álbum, propone hacer una recopilación con singles, caras B y grabaciones para emisoras de radio. Una especie de desquite, buscando el sonido que realmente ellos deseaban. No sé si eran conscientes de lo que estaban haciendo, porque el resultado de esa maniobra, ‘Hatful of Hollow’, sería en mi opinión el disco decisivo de los Smiths, y uno de los títulos imprescindibles del pop-rock de las últimas décadas del siglo pasado.

Como es lógico, siendo una recopilatorio no tiene la coherencia que se puede esperar de un disco de estudio, y que en general sí tienen todos los demás trabajos del grupo. Con 16 cortes, es seguramente demasiado largo, pero entiendo que está muy bien construido, dosificando con inteligencia las distintas tonalidades. Las letras, que firma Morrissey, son siempre intimistas, a veces algo crípticas, y en general hablan de sentimientos juveniles: la soledad, el sentirse diferente, el desarraigo social, experiencias (o amagos) sexuales más o menos equívocos. Predominan los tonos amargos, la desorientación, el hastío.

Arranca el disco con la emblemática 'William, It Was Really Nothing', pop potente y luminoso donde descubrimos la mezcla perfecta entre voz y guitarra. En la misma línea funciona la también notable ‘What Difference Does It Make?’, algo más áspera. Un poco más adelante encontramos 'How Soon Is Now?', en mi opinión una de las mejores canciones que se han escrito nunca. De nuevo la guitarra nos introduce, volando como un cometa, en el ambiente más oscuro de todo el álbum, y la peculiar voz de Morrissey flota sobre una base rítmica potente, reiterativa, hipnótica. En esta parte central de la ‘cara A’ se concentra lo más brillante del sonido Smiths, yendo a continuación a 'Handsome Devil' (video en directo), el tema más crudo, acelerado y potente. Quien conozca el disco observará que me he saltado el famoso ‘This Charming Man’, o el primer sencillo del grupo, ‘Hand In Glove’, junto a algún otro corte. Me siguen pareciendo buenas canciones, pero a cierta distancia de las que he comentado.

Decía que la recopilación está muy bien montada, y ahí tenemos que la segunda mitad del disco empieza en el mismo tono de la primera, con 'Heaven Knows I´m Miserable Now', otra de mis favoritas, sonido más o menos amable para una letra descorazonadora. Brilla la batería en ‘You´ve Got Everything Now’ y por ahí planea la voz, a veces extrañamente monocorde, de Morrissey, hasta que llega 'Girl Affraid', con una larga introducción instrumental, ideal para la cabecera de un programa de radio (doy fe: lo tenía que decir).

Y terminamos (temas 14, 15 y 16) con una especie de recogimiento, como la marea, ya sin fuerzas para subir más, que deja olas que ya no son violentas y se extienden melancólicamente sobre la arena. ‘Back To The Old House’ es una triste melodía en la que la desesperación ha dejado paso quizá a la resignación. 'Reel Around The Fountain' (joder, otra joya) recupera el color y, en esa combinación tan Smith, una melodía que parece más bien un himno esconde una letra compleja sobre experiencias adolescentes o así. La muy tenue ‘Please, Please, Please, Let Me Get What I Want’ (siempre esos títulos larguísimos) cierra el disco con una súplica, eso sí, envuelta en una música más bien alegre:

So for once in my life
let me get what I want
Lord knows it would be the first time
Lord knows it would be the first time

Pues sí, esta vez lo consiguieron. Sería la primera vez, pero desde luego no la última.

domingo, 8 de octubre de 2017

Late Night Tales: Air

Año de publicación: 2006
Valoración: imprescindible

El proceso por el que los discos de sesión o recopilatorios empezaron a ser protagonistas relativos en las estanterías de las tiendas de discos (sí: hubo tiendas de discos en el mundo) resulta curioso y, una vez más, debemos buscar su origen en la eclosión de la música electrónica, allá por los primeros 90.
Primero la inmediatez de las remezclas y versiones de los grandes clásicos del género no encontraban buen acomodo en el formato de disco LP. O destacaban demasiado entre el material de relleno o directamente sus autores no accedían a ese formato. Después las ediciones solían ser muy limitadas con lo que quedaban reducidas al ámbito privilegiado de la gente profesional (y atenta). Por todo ello, la sucesión lógica era que los DJ en proceso de entronización empezaran a poner su nombre en las portadas de discos que no eran más que selecciones pulcramente editadas donde sus sesiones se distribuían masivamente. Al amparo de este formato, a mediados de los 90 surgieron series dedicadas a géneros, y cada una de esas publicaciones era un pequeño acontecimiento. DJ Kicks, Global Underground, Fabric, Fabricilive, Freezone. Todas estas series se fueron especializando de una manera u otra. Se trataba de franquear acceso a las audiencias a música que, por otro canal, estaba condenada a una divulgación muy limitada.
Late Night Tales fue otra de estas series, en este caso formando parte de una segunda oleada en la que el fenómeno se hizo extensivo no solo a los DJ sino a los músicos que estaban en primera línea de vanguardia. Muy sencillo a la vez que educativo. Se tomaba a algunos de estos músicos y se les pedía que incluyeran en un disco algunos de los temas que más le gustaran o que más habían influido en su obra, o que más pensaran (sin descartar el postureo de mostrar influencias dispares o poco aconsejables) que les podían representar. Luego solo se trataba de la ardua labor de clarear licencias y ya teníamos no un disco, sino una selección de las joyas que esos músicos eran capaz de mostrarnos.
Y a Air les tocó en 2006. Dúo francés dedicado a una electrónica de ambientes mezclados (pop, easy listening, folk, leve aroma jamaicano), lo que podía salir de sus baúles de clásicos no podía ser malo. 
Y no lo es, ni mucho menos. Aunque podría achacar algún devaneo con la obviedad, se me ocurren pocos discos con una duración tan buen aprovechada como este. Un festín sonoro perfecto para esa hora tras la cena en que el mundo se entrega a la telebasura.
Con un comienzo, al menos, sorprendente. Dos temas vocales de dos grupos opuestos: abren la sesión The Cure con un tema de su época (más) oscura: All cats are grey es casi Joy Division con el cantante cambiado. Pero la sorpresa acomete a la esquina: Black Sabbath aportan incomodidad en un comedido Caravan Planet, tema ralentizado y casi gélido que rompe muchos prejuicios con su estudiada musicalidad y su aire levemente africano. Pronto encontraremos refugio en aguas más afines a las producciones de Air: Nino Rota nos justifica la fascinación del dúo parisino por los ambientes cinematográficos.
Debo parar aquí: como en otros casos, enumerar una por una las canciones resulta cansino e inapropiado. Todo lo incluido aquí es magnífico y una puerta a la exploración de nueva música. La sesión se cierra con una suntuosa interpretación de Pavane Pour Une Infante Defunte, impresionismo clásico de Maurice Ravel. Por el camino nos hemos dejado a Japan, a Elliott Smith, a Minnie Riperton, a Scott Walker, y a oscuros artistas como Jeff Alexander, en una selección que resulta curiosa, por su dominio (solo tres temas son de más allá del 2000, incluyendo el que Air aportan) del sonido vintage, y, claro, ya tardaba en salir la palabrita, por el absoluto eclecticismo que muestran, sin salirse de una tonalidad relajada, aunque incómoda, con un escrupuloso mimo de manera que se evita el azúcar. Son Air y la música no se aventura en los bpm en momento alguno, el ritmo es gélido pero la sensación irreal, lynchiana (la portada muestra una barroca lámpara araña colgada en medio del bosque), nada se va de las manos, pero a la vez toda la sesión y sus combinaciones transmiten una sensación de lujo y voluptuosidad con trastiendas poco aconsejables.