domingo, 18 de febrero de 2018

Pet Shop Boys: Introspective

Año de publicación: 1988
Valoración: muy recomendable

Dos portadas blancas con dos hombres jóvenes quedan sustituidas por estas siete barras de colores que pueden parecer la bandera gay o la carta de ajuste de tonos de cualquier monitor de TV. Se esconden y llaman a su disco Introspective cuando es su disco más festivo. De hecho, algún purista todavía le niega la categoría de álbum. Un par de temas ya publicados, un par de versiones y dos temas nuevos, ninguno de los tracks dura menos de seis minutos y no hay baladas ni medios tempos por ningún lado, lo cual los aleja de la semblanza pop de Please o Actually.
Seamos más concretos: es 1988 y lo del house todavia no ha aterrizado con todas las de la ley y este par de tipos que ya han osado hacer una especie de rap blanco con West End Girls ahora ejecutan otro sacrilegio: acelerar una canción de Elvis Presley y engarzarla con una cosa de puros aires electrónicos y llamarla Always on my mind / In my House aunque, si hemos de reconocerlo prescindiendo de pre-concepciones, el bajo suena potentísimo (de hecho, es, según la BBC, la mejor cover de la historia) y el espíritu de la canción se mantiene incólume, como si esa velocidad no la despoje de ese aire melancólico. Pues vaya. Veamos, más cosas: lo de I'm Not Scared, canción que ya le han producido a un grupo fantasma (o eso parecía) liderado por Patsy Kensit (aquella rubita mona que luego se casó con Jim Kerr y luego con Noel Gallagher) tampoco suena nada mal, alargada y con el cambio de rol al ser interpretada por voz masculina. Incluso incorporan un inicio con ciertos aires marciales, como el que usarían en su siguiente disco para My october symphony, y la canción resulta cambiar y quedar perfectamente ahí. También reciclan una de sus míticas caras B. I want a dog se beneficia del aderezo de un piano de toques house cortesía de la remezcla a cargo del fallecido Frankie Knuckles, y el house vuelve a estar presente en la versión del prematuro clásico de Sterling Void It's alright, curiosamente muy mejorada con los aires pop en la versión corta elegida para el single.
Añadid a eso dos temas nuevos: Domino dancing, excursión en el electro de sonido más cercano a lo latino (de hecho, sus devaneos con los productores de la onda Miami se prolongarían hasta colaborar con Harold Faltermeyer), incorporando uno de los vídeo clips más explícitamente homoeróticos hasta ese momento, tono bailable, festivo, veraniego, soleado y lleno de equívocos y ambigüedades. Y me dejo para el final la auténtica gema del disco y, desde el mismo momento en que la aguja se posó sobre el vinilo y dio paso al extraordinario arreglo de cuerda que le da entrada, una de mis (y parece ser, de mucha gente) canciones favoritas del dúo: Left To My Own Devices, arrollador torrente donde surgen las artes de la producción de Stephen Lipson y Trevor Horn para arropar un ritmo imparable que parece totalizarlo todo, un disparo que no se conforma con los pies y avanza también hacia el cerebro, como una proclama de actitudes personales coronada por una de las líneas más memorables de la historia de la música popular: Che Guevara and Debussy to a Disco Beat.
Introspective representa una relativa ruptura. Para un grupo que vendía a espuertas, que era popular a nivel global, supuso un paso adelante al incorporar a sus elementos pop un montón de detalles vanguardistas que les procuraron el beneplácito crítico que (puede) echaban de menos.  

domingo, 11 de febrero de 2018

Zero 7: Simple Things

Año de publicación: 2001
Valoración: muy recomendable

Para que Simple things fuera su disco de debut, el bagaje de Henry Binns y Sam Hardaker, responsables de Zero 7, no era poca cosa. Antes de afrontar material propio habín aportado labores de remezcla a un ramillete bastante variado de artistas: desde el sobrevalorado Lenny Kravitz hasta los mitificados Lambchop pasando por N*E*R*D (el semi-desconocido proyecto de Pharrell Williams) hasta unos tales Radiohead o Terry Callier.
Trabajos que habían llamado la atención por su espectacular tratamiento del sonido. Uno diría que la palabra "suntuoso" ajusta a la perfección en esos arreglos solemnes, lujosos, repletos de cuerdas y vientos, alineados a partes iguales con bandas sonoras, con cierta corriente lounge en boga en el momento de la edición del disco (sin llegar a las derivaciones lisérgicas de grupos como The Gentle People o al cachondeo kitsch de The Mike Flower Pops). Pero con ciertas tendencias más clásicas: trabajos de Marvin Gaye o de David Axelrod son referencias obvias.
Simple Things combina música instrumental brillantísima: Polaris parece ser capaz de agitar ella sola una revisitación de todo el space-jazz, mientras Give it away parece homenajear a otros reyes del downtempo como Air, con sus delicadas guitarras acústicas, y End Theme cumple a la perfección con lo descrito en su título.
Pero la ubicación en la fama fugaz del grupo (seamos sinceros: sus siguientes discos dejaron bastante que desear al forzar una repetición de la fórmula que aquí triunfa de forma espontánea) cabe atribuirla a las extraordinarias canciones vocales al viejo uso que intercalaron aquí: piezas de ampulosos arreglos y aires soul y hasta blues donde demuestran un extraordinario gusto a la hora de elegir socios. Lanzan a a la fama a una desconocida (entonces) Sia en  Distractions, coquetean con el dub y el sonido jamaicano en la inicial I Have Seen y alcanzan el cielo en This World, balada apocalíptica donde las haya, auténtica enseña de un disco que es aún hoy un tour de force, un álbum sorprendentemente consistente que se enmarcó en la corriente downtempo, chill-out o cómo narices se etiquetara entonces con tal de venderla, en una época donde Napster ya empezaba a enseñar hacia dónde se aventuraba la industria musical como consecuencia de su desmedida avaricia.
Pero de eso no toca hablar hoy.

domingo, 4 de febrero de 2018

Happy Mondays: Pills 'N' Thrills and Bellyaches


Año de publicación: 1990
Valoración: casi imprescindible

Como si llamarse lunes felices no fuera suficiente provocación a la fauna urbanita, teníamos a la figura de Bez como integrante del grupo. Un tipo con cara de desquiciado (habría que ver qué es de él) que, dicen las malas lenguas, ascendió de su puesto de dealer para el grupo, a bailarín oficial y figurante en conciertos y videos del grupo sin otra finalidad que danzar con singular estilo, sin otra aportación que esa. Aunque dicen haberlo visto con una pandereta, alguna vez. 
Claro que en la Inglaterra de los 90 metida de lleno en la movida del house y en el Manchester habitado por el público de The Haçienda todo eso estaba más que tolerado, sobre todo cuando se publicaban discos como este, qué importaba si acreditabas a cualquier conocido si eras capaz de grabar este festín de confluencias de estilo que marcó los hitos de la mezcla de estilos aunque la mayoría de los que darían un brazo por sonar como este disco ni siquiera lo hayan oído.
Happy Mondays estaban liderados de forma indiscutible por Shaun Ryder. Individuo de aspecto desgarbado y de nulo atractivo, anti-héroe pop por antonomasia, heroinómano confeso que cantaba de forma extraña y desganada como si pasara por ahí, pero, por los mismos motivos, con la cercanía del amigote que te muestra que cualquiera es capaz de hacerlo. De hecho, toda la banda tenía el aspecto nada sofisticado de cuatro amigos que se juntan en un bar de polígono después de una jornada en un trabajo de mierda. De hecho, las modelos que figuran con aire desganado (aunque alguna parece hacer amago de intervenir en la canción o de que ésta no llegue a desagradarle) en el vídeo de Kinky Afro parecen estar a punto de escapar, no sea que alguno de esos guarros les fuera a hacer alguna proposición deshonesta. La canción, por cierto, ejemplifica el álbum: influencias disco (obvia toma del yippy-aya-yippy-yeye de Lady Marmalade), camuflada entre capas y capas de sonido abigarrado. Cualidad, esta extensible a las diez canciones del disco. Happy Mondays habían publicado previamente Bummed, donde habían contado con la producción de Martin Hannett, mito después de su trabajo con Joy Division, pero que no había explotado su poderío. Para Pills 'N' Thrills and Bellyaches cuentan con Steve Osborne y Paul Oakenfold, más vinculados a la onda electrónica y a la movida DJ, pero al fin y al cabo ingleses que comprendieron lo que el grupo quería. Y que lo asimilaron: las canciones contienen arranques imparables: Step On arranca con un piano de onda casi-house hasta que las guitarras ligeramente enguarradas con feedback dejan paso a esa extraña voz susurrada de Ryder: más tarde cederá hasta a la introducción de coros femeninos de tonalidades soul. Loose Fit enlaza un acorde inicial de tonalidades cinematográficas con un uso intensivo de bongos. Holiday muestra influencia pop y funk a partes iguales. God's Cop (gran título) arranca como si fuera a formar parte de un disco de The Beloved para dejar paso a unas guitarras que necesitan el espacio del que disponen, gracias a esa producción precisa y desinhibida.
Y poco más: aunque se las apañaron para que Tina Weymouth y Chris Frantz, (¡a sección rítmica de todos unos Talking Heads!) produjeran su siguiente disco (Yes, please!, fracaso comercial que hundió a su discográfica), tardaron poco en disolverse, a pesar de una fugaz resurrección parcial bajo la guisa de Black Grape (solamente con Ryder y Bez), poco más se ha oído la inconfundible voz de Ryder.

domingo, 28 de enero de 2018

Bright Eyes: I´m wide awake, it´s morning

Año de publicación: 2005
Valoración: Imprescindible

Por si alguien no lo conoce, Conor Oberst (1980, Omaha) es un más que prolífico cantante y compositor que, a sus 38 años, lleva ya publicados una veintena de discos bajo distintos nombres (el suyo propio y otros como Commander Venus, Bright Eyes, Monsters of Folk o Desparecidos). ¡Y es que ya con 15 años andaba por ahí publicando discos!

Bien, no me enrollo más. Este disco que hoy nos ocupa, el mejor de su discografía en mi opinión, data del año 2005. Integramente compuesto y escrito por el propio Oberst, es una magnífica muestra del mejor folk-rock, en la línea (más o menos, ya sabéis) de clásicos como Gram Parsons o de autores más recientes como el malogrado Elliott Smith, Neutral Milk Hotel o Sufjan Stevens.

Igual me dejo llevar por el entusiasmo, pero es que las diez canciones que componen el disco podrían haber sido single en su momento. Lo fueron la oscura "Lua" y la mucho más alegre y directa "First day of my life", pero nada hubiera pasado si lo hubieran sido maravillas como "We´re nowhere and it´s now" o "Train under water", por ejemplo.

El toque más folk o más clásico del álbum viene de la mano de la voz de la gran dama del country rock EmmyLou Harris. La interpretación, a dúo con Oberst, de "We´re nowhere and it´s now" es uno de los momentos más intensos y hermosos del disco, pero el dúo en la doliente "Land Locked Blues" o los coros en la acelerada "Another travelin' Song" no se quedan atrás y traen a la cabeza el "Grievous angel" de Gram Parsons. Por su parte, la aparición de clásicos instrumentos del country o del folk como la mandolina o el steel guitar, en "Poison Oak" o "Train under water", contribuyen a crear ese aroma a clásico.

El álbum también posee toques más pop, sobre todo en la ya citada "First day of my life", o rock, como en la final "Road to joy", en la que la fuerza e intensidad que Oberst había demostrado en anteriores álbumes vuelve a aparecer en tres minutos finales de ruido y furia.

Por último, me gustaría destacar las letras de Oberst: críticas con el "American way of life", ácidas y atinadas, siempre interesantes.

Todo lo anterior contribuye a crear uno de los, para mí, discos de la década. Así, sin más.

P.S.: Desgraciadamente, y aunque sigue creando buenos discos, Oberst no ha vuelto a alcanzar los niveles de este "I´m wide awake, it´s morning". Eso sí, aún confiamos en él.

domingo, 21 de enero de 2018

Paolo Conte: The Best of Paolo Conte

Año de publicación: 1996
Valoración: Imprescindible

Este señor que ven ustedes en la portada del disco, de 81 años recién cumplidos y el digno aspecto de haber servido de modelo original para la etiqueta de la Birra Moretti  (aunque dista de ser su mejor foto, desde luego) es nada menos que don Paolo Conte, abogado de Asti, en el Piamonte, compositor, pianista y uno de los cantantes más importantes y originales que ha dado la canción italiana y europea. ¿Que no han oído nada de él? Seguro que sí: Azzurro, la composición que le hizo declinarse por la carrera musical, pasa por ser uno de los epítomes de la ya degradada etiqueta de "canción del verano". Aunque se trata más bien de una canción sobre la nostalgia del verano, sobre la nostalgia de la infancia o sobre la nostalgia de la mujer que nos abandona, siquiera temporalmente. Todo esto, claro, es más difícil de apreciar en la primera y celebérrima versión que cantó Adriano Celentano, pero es evidente en la áspera voz de Paolo Conte, una versión que que, por qué no decirlo, le da mil vueltas a la del raggazzo della via Gluck.

Pero no sólo de Azzurro vive el hombre (no lo digo en sentido literal, claro, pues seguro que los derechos de esta canción ya proporcionarán una pequeña fortuna): en esta recopilación de lo mejor de la primera etapa como intérprete del signor Conte podemos encontrar muchas otras de sus más célebres composiciones, desde Via con me -tan querida por los publicistas actuales- a Gelato al limon, Sotto le stelle del jazz  o Dragon. También Gli impermabili, tercera pata del tríptico de canciones del "hombre del Mocambo", sobre el fracaso del varón europeo del siglo XX que acaba, irremediablemente, ante la barra de un bar.  Una temática que, por cierto, va como anillo al dedo a la voz dura y potente, casi cazallera, de este intérprete.

Esa impronta melancólica y aun nostálgica se puede apreciar en muchas de sus canciones, no sólo en las que parecen más aptas para ser interpretadas una noche lluviosa en un piano-bar, sino también en otras más enérgicas e incluso-en apariencia-alegres. la misma Azzurro o la evocadora de otro tiempo -no sé si mejor- Bartali, cuyo protagonista se entrega a sus reflexiones mientras espera el paso de uno de sus héroes en el Giro de Italia... Por no dejar de mencionar la emocionante habanera que cierra el disco: Genova per noi, que nos lleva a maravillarnos tanto como ésos que están "in fondo alla campagna" cuando descubren el Mediterráneo.

En el aspecto estrictamente musical, es indudable que el jazz, más o menos clásico e incluso en momentos  adscrito al llamado lounge es la baasae de la mayoría de estas composiciones, más claramente en Via con me, Sotto le stelle del jazz  -aquí, con el recurso tan querido por Conte del kazoo acompañando al pianoforteBoogie, Gong-Oh, Dragon... pero también de la tradición de la canción italiana, más o menos disimulada, en Ho ballato di tutto o de los ritmos latinoamericanos: Alle prese con una verde milonga -una suerte de "metacanción" sobre la lucha del músico con su arte- o la ya mencionada habanera de Genova per noi o los primeros compases de Gelato al limon... Incluso, por no olvidar el toque francés que tanto parece agradar a Conte, la extravagancia burlona que supone esa evolución decimonónica de la contradanza que es la Quadrille.

¿Es esta la mejor recopilación posible de la música de este gran compositor y genial intérprete italiano, habida cuenta además, que ya tiene más de veinte años? Obviamente no, podemos encontrar otras como Tutto Conte, del 2008 o la exquisita Reveries del 2003, con un montón de nuevas versiones de temas antiguas. O, si se prefiere, cualquiera de los discos grabados en directo (recomiendo , por ejemplo, Live Arena di Verona, del 2005); en todo caso, es una buena manera para iniciarse en la música de este magnífico autor y personalísimo cantante. Quién lo haga no se arrpentir-a. O, parafraseando de nuevo la última canción del disco:

                                     Con quella faccia un po'così
                                     quell'espressione un po'così
                                     che abbiamo noi che abbiamo... ascoltato Conte...


domingo, 14 de enero de 2018

Varios artistas: Red Hot + Blue


Año de publicación: 1990
Valoración: muy recomendable

Discos con causas benéficas debe haber unos cuantos. Pero lo de Red Hot and Blue es especial. Primero, la causa, sobre todo por el momento en que se produce: 1990, con la humanidad aterrorizada ante el avance del SIDA y con escasa capacidad de reacción para evitar que el desarrollo de la enfermedad acarree una muerte segura. Hace falta dinero para investigar. Y este es el primer proyecto discográfico con ese objetivo. No fue mal. Un millón de ejemplares vendidos.
Pero nadie compra un disco si cree que lo que va oír no va a gustarle. Ahí está el enorme acierto: las canciones eternas y atemporales de Cole Porter, elección oportuna por muchos factores, pero especialmente por lo artístico. Su música, su mensaje, se adapta a la perfección a la filosofía del proyecto, cuestión que seguro que actúa como poderoso anzuelo para reunir a las grandes figuras que participan en las 20 canciones que aquí se incluyen. Red Hot + Blue parece un catálogo del Quién es quién de la música del momento y ello hace de su escucha una experiencia fascinante.

Porque, lejos de aportar una única visión, los músicos participantes muestran una libertad absoluta a la hora de acercarse al material de Porter. Neneh Cherry (cuestión que fue algo criticada en su momento) apenas toma unas cuantas frases de I've Got You Under My Skin, convirtiéndola en un pretexto para mostrar músculo sonoro y bajos descomunales, y artistas como Jimmy Somerville o Erasure llevan, con sensibilidad y excelentes resultados, From This Moment On  y Too Darn Hot hacia sus registros sonoros, sin que ello aleje a las canciones de su delicadeza y su espíritu universal.También hay rendiciones más cercanas a las tomas originales: Lisa Stanfield alardea de clase y precisión vocal en su estratosférica toma de  Down in the depths, una de las cumbres del disco. Sinead O'Connor llena de aires irreales, casi lynchianos,  You Do Something To Me, al igual que Jody Watley, cabaretera en After you, who. El disco está lleno de momentos magníficos: kd lang, en el magnético video de Percy Adlon, transmite el mensaje de la ausencia en So in love, y sería injusto olvidar la muy digna versión de unos U2 época Achtung Baby para Night and Day, la muy apropiada toma de I love Paris  que hacen Les Negresses Vertes, intoxicada de aires manouche, o la maravilla que construyen Neville Brothers en In The Still Of The Night, otra excelente muestra de que este disco no se limitó a ser un pretexto para una buena causa, sino que se sostiene en lo artístico y en lo creativo por méritos propios. Y qué otra oportunidad vas a tener de ver en una misma portada a Tom Waits y los Jungle Brothers.

domingo, 7 de enero de 2018

New Radicals: Maybe You've Been Brainwashed Too

Año de publicación: 1998
Valoración: muy recomendable

Hablemos de New Radicals.  O, mejor aún, hablemos de Gregg Alexander. Artista multiinstrumentista, dotado de un inmenso talento, el músico ejerce de productor, compositor y autor absoluto en esta pequeña joya. Así, bajo el pseudónimo de New Radicals, se esconde la figura de Alexander como protagonista absoluto del grupo, formado por él mismo y un conjunto de músicos de estudio contratados específicamente para la grabación de este álbum. El talento del autor es tal que no necesita mucho más que él mismo para elaborar un álbum de tamaña calidad.

Hechas las presentaciones, vamos a por el álbum, que empieza con una frase claramente intencional: «Make my nipples hard, let's go!». A partir de ahí unas guitarras distorsionadas y caóticas (aparentemente) abren el disco con unos acordes eléctricos que suenan a lo lejos para dejar paso limpio a la incorporación de los teclados, la base rítmica y los sonidos metálicos. La voz de Gregg se añade, lejana, para incorporarse casi como un susurro al oído, pausado, que van aumentando ritmo y volumen hasta dar paso a un estribillo donde aparece, como un grito, el nombre del título de la primera canción «Mother we just can't get enough»; a partir de ese instante se añaden el resto de instrumentos, con todo su potencial: batería, coros, base instrumental, efectos, percusiones y la guitarra de fondo que mantiene los acordes a lo largo de la canción. Presencia rítmica constante y unos coros que apoyan la melodía pegadiza. La producción es perfecta, nítida, clara y equilibrada.

Esta primera canción nos muestra lo que el disco ofrece: un sonido muy cuidado a lo largo de todo el álbum, sin alardes ni pretensiones que busquen algo más que lo que la calidad de los propios instrumentos ofrecen. Todo medido, todo calculado. Ésta será la tónica dominante: bases rítmicas, amplitud instrumental, melodías algo pegadizas (en algunos casos), aunque huyendo de lo estrictamente comercial. Y la voz de Gregg omnipresente, copando todo el espacio necesario, añadiéndose al resto como un instrumento más.

La segunda canción del disco empieza con forma similar: acordes de guitarra, pausada y los coros que, junto con la batería, van entrando en la canción hasta que irrumpe con potencia toda la sinfonía. Voz nítida de Gregg, un par de estrofas y su voz de falsete que da paso a un puente magistral, introductorio, preparando el terreno de lo que sería el estribillo de su gran single, la canción con la que se dieron a conocer: «You get what you give». Gran canción, aunque algo larga en su tramo final que hubiera mejorado con una menor extensión.

Dos grandes canciones iniciales que dan paso a una tercera canción. Aquí el ritmo baja notoriamente, con esa canción pausada que es «I hope I didn't just give away the ending». En un acercamiento a la intimidad, la canción empieza con un piano tocado como notas sueltas, coros que dejan paso a la voz que Gregg que se añade como un lamento, un susurro, casi desafinando, eclecticismo y anarquía musical. Algo caótica en su avance, como un caos interno provocado por multitud de voces dentro de la cabeza, experimental hasta la extenuación, para llegar a una marcada pausa, un cambio completo de registro en el minuto 1:56 con el cantante diciendo «shut up». En este momento la canción calla todas las voces, todo el alboroto, y deja paso a la claridad, a la luz, a la brillantez, a la calidez, a la pausa y a la suavidad de la voz del cantante, en una música que lleva a parecer casi música ambiental. La multicomposición, una canción dentro de otra canción. La canción termina como empieza, como un canto casi a la desesperada, casi suplicante.

Y aquí llegamos al punto álgido, después de tres muy buenas canciones. La cuarta canción la ocupa «I don't wanna die anymore» y es, para mí, la mejor del álbum: el órgano marca los primeros compases y luego aparece un breve riff de guitarra, y la voz de Alexander, susurrando de nuevo, pidiendo casi clemencia para dejar paso a un puente in crescendo, magistral, pletórico, que da paso a un estribillo en medio de un clímax musical al entrar la batería, la guitarra distorsionada, marcando las pausas necesarias para aguantar el momento, justo dejando el espacio para que el estribillo con el grito a la desesperada «don't wanna die anymore» que enlaza con un riff de guitarra, un riff perfecto, colocado en su preciso momento, un riff de los que protagoniza la canción; el elemento clave, el toque perfecto. Los golpes de batería marcan los compases, para acabar con ese susurro «¿won't you save me?...» Repitiendo la secuencia una segunda vez para llegar a su punto álgido, en un grito que marca desesperación, desaliento, y que consigue llegar al fondo de uno mismo. Épico, genial. Inmensa canción.

A partir de aquí seguirían varias canciones destacables, empezando por la sexta canción, «Someday we'll know», que sería el segundo single del álbum, aunque personalmente no estaría entre mis favoritas. Tendremos que esperar hasta la novena canción, «Gotta stay high» para recuperar el nivel de las canciones iniciales. Aquí, la voz de Gregg marca la entrada de la canción con un falsete introductorio pegadizo que acompaña a unos primeros acordes de piano, con una música muy melódica, una reverberación vocal que alarga su voz potenciándola como un instrumento más, se añaden los coros en su puente. Canción de estribillo inexistente y final lento, como una despedida, con un piano sonando a lo lejos y la voz en primera línea del cantante, protagonista absoluto.

El disco finaliza con «Crying like a church on monday», otra de las grandes canciones del disco. La entrada de la canción, con Gregg y su guitarra acústica, al que se añade un piano suave y su voz, ritmo lento, pausado, dejando paso a un puente donde se añaden el resto de los instrumentos, manteniendo el tono pausado, lento, y el estribillo en otro lamento, grito, desesperación mostrada con la voz del cantante. Pasada la mitad de la canción, un solo de guitarra (algo bastante inusual en el disco), es el perfecto punto para retomar de nuevo el estribillo, gran estribillo. La canción finalizada de forma acústica con un solo de guitarra punteado, suave, ritmo lento hasta su punto final de piano. Despedida perfecta, colofón final a un gran álbum.

En definitiva, disco algo irregular, pero teniendo muchas canciones más que destacables, como las antes mencionadas, merece la calificación de muy recomendable. Disco único de New Radicals, elevado por los seguidores como una pieza inigualable, inolvidable, y que llegó a la categoría de disco de platino. Primer y último álbum, que pedía a gritors una continuidad; lástima que el autor considerara, en medio de la gira de promoción del segundo single, que la vida de un músico no tenía por qué ir ligada a giras, promociones, etc. y ser controlada y dirigida por un manager. Gregg quería ser dueño de su destino y hacer lo que le gustaba: componer. Es su habilidad, su don. El resto no le interesa. Y así decidió, después de este disco, apartarse de la primera línea, de los medios, para dedicarse a componer para otros cantantes. Escribiría canciones y produciría para  Ronan Keating («Life is a rollercoaster»), Sophie Ellis-Bextor («Murder in the dance floor»), Rod Steward («I can't deny it»), Texas («Inner smile»), y otros muchos cantantes como Santana, para quién compuso «The game of love» (canción que le supuso un Grammy en el año 2003).  Ya más recientemente, recuperó la colaboración de Danielle Brisebois, que ya participó en este disco y fue pareja sentimental de Gregg (y con quien ya había colaborado en una versión de «Gimme little sign», de Brenton Wood, dándole un aire pegadizo pero más que interesante, en un estilo que se acercaba a Cindy Lauper o a Madonna en sus inicios). Esta colaboración recuperada le permitiría, por ejemplo, escribir las canciones de la banda sonora de «Begin Again», donde la autoría de Gregg Alexander es presente en prácticamente todas ellas, llegando a situar «Lost Stars» en las nominaciones a mejor canción de los Oscar 2015 (a pesar que los méritos se los llevó Adam Levine como cantante de las mismas y actor protagonista del film).

Lamentablemente para sus aficionados y seguidores, New Radicals empezó y finalizó con este disco. Aún así, el trabajo de Gregg Alexander sigue, aunque en este caso poniendo los elementos necesarios para que se luzcan otros cantantes. Para todos ellos irán los premios, para Gregg, la gloria de su legado.